Observación interior

La “Observación Interior” significa escuchar a nuestra intuición, a nuestro corazón y descubrir quienes somos: auto-conocernos. Cuando somos niños es natural escuchar a nuestra intuición, pero a medida que vamos creciendo y “madurando” se potencia el uso de la racionalidad y el seguir patrones establecidos. A tal punto que nos da miedo salirnos de los caminos establecidos y confiar en nuestras “corazonadas”.

Actuar desde la racionalidad es necesario, pero si no sintonizamos mente y corazón no nos sentiremos completos y equilibrados.

“El corazón guía, la mente gestiona y el cuerpo actúa.” Cada parte tiene su rol y han de estar sincronizados y equilibrados para conseguir la coherencia y la plenitud en nuestras vidas.

Cuántas veces nos hemos sentido confundidos por “sentir” hacer una cosa o tomar una decisión y “pensar” que lo más apropiado era hacer o tomar otra. En mi experiencia, siempre que he dejado que mi corazón me guíe, y he utilizado mi raciocinio para gestionar la acción de la mejor manera, no me he arrepentido.

Pero hay que aprender a distinguir la voz de nuestra mente (nuestros pensamientos y creencias, regida por nuestro ego) y la voz de nuestro corazón (nuestra intuición y sentir, regida por nuestra alma). Y es normal que si por mucho tiempo hemos hecho “oídos sordos” a nuestra intuición nos cueste escucharla y más aún validarla.

Te comparto una sencilla fórmula que a mí me sirve para descubrir qué elección hacer frente a diversas posibilidades: me imagino en la situación A, con mis ojos cerrados, visualizándome en esa situación; y me dejo sentir… ¿me siento alegre, en paz, motivada? ¿O siento agobio, miedo, apatía, frustración? Lo mismo con la situación B. Nuestro sentir es lo que nos muestra nuestro verdadero deseo. A veces ni es necesario cerrar los ojos y visualizar la situación, sino que, con sólo pensar en ella, ya nos sentimos super motivadas o super amargadas.

Una vez que ya sabemos lo que realmente queremos le damos cabida a nuestra mente, para evaluar la mejor manera de conseguirlo.

No siempre será fácil seguir nuestras corazonadas ya que muchas veces iremos en contra de lo que se espera de nosotros, ya sea a nivel familiar, laboral, social,… y aquí es donde tenemos que recordar que [email protected] somos los protagonistas de nuestras propias vidas, y que nadie sabe mejor que [email protected] [email protected] lo que es mejor para nuestras vidas.

Cuanta más convicción tengamos sobre lo que real y profundamente deseamos, más fuerza tendremos para llevarlo a cabo “contra viento y marea.”

En mi caso, cuando decidí ser vegetariana a los 17 años, no recibí la aprobación ni de mi familia ni de los médicos. De hecho no conocía personalmente a ninguna persona que fuera vegetariana (en el año 2.000 no era tan frecuente como hoy en día). Y a pesar de sentir dudas respecto a las repercusiones que podría tener en mi salud el dejar de consumir productos animales, mi convicción era tal (no quería comerme a los animales) que me mantuve firme y finalmente mi familia me apoyó y me mantuve sana y fuerte.

Y es que cuando [email protected] es coherente consigo [email protected], todo en el Universo se acomoda para facilitarnos el camino.

Cuando tomamos decisiones desde el corazón, es más probable que conectemos con la “magia” de la vida, que sucedan cada vez más sincronías que nos van llevando por caminos de aprendizajes y aventuras enriquecedores; y también que nos vayamos encontrando con personas afines que también se dejan guiar por sus corazones. Y puede pasar que nos sintamos muy [email protected] a esas personas y nos comprendamos y comuniquemos sin necesidad de palabras… es maravilloso.

Me encantan los cuentos, y veo oportuno compartirles uno ahora… “La ciudad de los pozos”, de Mamerto Menapace

Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta. Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes… pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior). Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una «moda» que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.

Así fue cómo los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más, optaron por el arte, y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo. La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más. Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior…

Alguno de ellos fue el primero: En lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose. No pasó mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. Él pensó que si seguían hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad… Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido…

Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo. Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día, sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa. Adentro, muy adentro, y muy en el fondo encontró agua…

Nunca antes otro pozo había encontrado agua… El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera. La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar. Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto, en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después… La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar «El Vergel». Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro.

– Ningún milagro – contestaba el Vergel – hay que buscar en el interior, hacia lo profundo…

Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas… En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío… Y también empezó a profundizar… Y también llegó al agua… Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…

– ¿Que harás cuando se termine el agua? – le preguntaban.
– No sé lo que pasará – contestaba
– Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay.

Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento. Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma… Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro. Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto:

La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Creo que el mensaje es bastante ilustrativo de lo que intento compartir. El llegar a “la fuente” y poder comunicarnos desde tal nivel de profundidad es más gratificante que cualquier cosa material de la que podamos disponer. Pero hay que animarse a vaciarse (de cosas, de pensamientos y de creencias) para alcanzarla.

Hay diversas herramientas y técnicas que nos ayudan a profundizar en nosotros. Hay mucha información al respecto disponible en la Web, de personas que han profundizado y se han especializado en ellas. Con lo cual mi objetivo aquí es mencionarlas para que las conozcas y tengas en cuenta (si no las conocías). Se trata de ir probando y ver con cual conectas más. Puedes combinar diferentes técnicas dependiendo de lo que sientas en cada momento. Lo que sí es importante es que adquieras el compromiso de la práctica diaria, considerándolo tan importante como comer cada día, lo cual seguramente no te cuestionas. Incluso, para mí, es más importante la práctica de la meditación que el comer (es otra forma de nutrirnos).

Dentro de este pilar compartiré:

1. Técnicas de meditación

2. Técnicas de respiración consciente

3. Tips para crear entornos armoniosos

4. Propuestas para conocernos mejor, conectar con nuestra esencia y manejar situaciones difíciles.

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